Todos tenemos recuerdos particulares en relación con el chocolate.
Recuerdo aquellas dos barritas de chocolate amargo que nos daban con un trocito de pan en el patio a la hora del recreo, tenían el mismo sabor que el chocolate que se encontraba en los panes con chocolate de mi infancia.

Recuerdo los partidos de caza en el jardín con mi hermanito para las fiestas de Pascuas, buscando las gallinas, conejos y huevitos de chocolate, íbamos a buscarlos con nuestros padres y abuelos, me enfurruñaba cuando mi hermano encontraba más chocolates que yo y mi padre me ayudaba discretamente a encontrar más. Después de la caza, hacíamos nuestras reservas de chocolate, con la intención de conservar las estatuas de chocolate para después, sin embargo, pocas veces conseguíamos conservarlas.

Recuerdo aquel pastel de chocolate, Le Trianon, que mis padres me compraban (y siguen comprando) para mi cumpleaños. Para saborearlo, me comía primero la mousse y acababa con la masa crocante.
Recuerdo los árboles de Navidad de cartón que me regalaban a principios de diciembre, se componían de 24 huequitos que contenían bombones de chocolate para esperar el gran día con más paciencia. Cada día, antes de irme a la escuela, me comía un chocolatito.

A veces, me quedaba uno o dos días sin comer los chocolatitos para tener más para los siguientes días. Poco a poco, nos íbamos acercando a Navidad. Para esta ocasión, mis padres compraban los Ferrero Rochers de nueces bañados en una crema de chocolate y cubiertos por una capa de chocolate crocante con nueces. Con mi hermano, ya no podemos celebrar Navidad sin estos chocolatitos que tienen un significado bien
particular para nosotros.

Recuerdo el chocolate en polvo que nos permitía aguantar el frío del invierno y que me reconfortaba después de un largo día en la escuela, bastaba con una buena taza de chocolate caliente y con galletas bretonas para tener la energía de ponerme a estudiar de nuevo y entrenarme para el próximo dictado.

Recuerdo las barras de chocolate rellenas de caramelo que a veces mi padre me compraba cuando mi padre me recogía de la escuela y me llevaba a mis clases de violín a la hora de la merienda.

Recuerdo los chocolatitos cuadrados que me regalaba “mi abuelita” española del tercer piso durante los tiempos de la clase preparatoria, siempre insistía en el efecto positivo que tenía el chocolate para la memoria y el buen humor. Me dieron mucha suerte.

El chocolate nos acompaña en cada etapa de nuestras vidas, del patio de recreo a nuestras primeras responsabilidades de adultos, y eso sí, en cualquier ocasión de celebrar y compartir momentos con los que queremos.